
Llevamos un par de minutos en el bosque cuando se detiene y me tira al suelo haciendo gala de su – atención: ironía – delicadeza, de nuevo.
Retrocedo, algo mareado y confuso. La adrenalina me embota los sentidos y no soy capaz de sentir miedo, aunque esté solo en un frondoso bosque delante de un loco que tiene ganas de arrancarme la cabeza.
El loco "delicado" en cuestión está jadeando como un toro, con los ojos enloquecidos – es decir, más, si cabe – y un semicírculo de sudor bajo el cuello de la camiseta.
– Tú – bufa –, ¿estás contenta ya?
¡Eh!
– Contento, si no te importa – corrijo.
Y, así, la impertinencia venció al sentido común. Qué chavalín tan magníficamente estúpido. Qué labia tan poco oportuna la suya.
Samson me mira con cara de "pero eres tonto, ¿o qué?".
– ¿Qué dices, Roxanne? ¿Te encuentras bien?
Enarco una ceja magníficamente. Oh, ya; se me olvidaba que hablo con un tarado... pero éste en concreto no me gusta un pelo...
Se acerca a mí y yo retrocedo. Alza las manos.
– No seas estúpida, Roxanne. Llevas con este juegecito desde que abrí el Victrola. Es hora de que acabe. Y gano yo.
La madre que lo parió – que debía de fumar de todo –. De entre todas las locuras del mundo, Señor, ¿tenía que tocarme enfrentarme a ésta?
– Pa-para un momento. No me llamo Roxanne, Samson. No soy quien tú crees.
Ríe.
– Oh, eso ya lo sé. Mientes más que hablas, bonita. Me pones enfermo.
Entonces, ¿va a matarme? Bien, ya era hora, coño.
– Sí, creo que deberías acabar con esto... – digo.
Asiente.
– Eso pienso hacer.
Se acerca más.
– Y, ¿qué va a ser? ¿Estrangulamiento, paliza mortal...? – increpo.
Ladea la cabeza.
– ¿De qué estás hablando?
Frunzo el ceño.
– ¿De qué estás hablando tú?
Me mira como si fuese obvio que soy estúpido o finjo serlo.
– ¡Déjate de estupideces y devuélveme mis veinte pavos!
Ah, no. Si por algo me caracterizo es por no saldar mis deudas.
– ¡¡Aparta, mamón!! – grito.
– ¡Te he dicho que lo dejes, Roxanne! Devuélveme...
No le doy tiempo a acabar; le atesto un puñetazo en la nariz y me aparto cuando cae.
– ¡Me llamo Jack! – le grito a su figura caída, al más puro estilo de Hollywood. Oigo gritos a lo lejos, así que supongo que los batas blancas vienen a por nosotros y echo a correr.
No hay comentarios:
Publicar un comentario