sábado, 20 de noviembre de 2010

There´s life outside this city.





Llevamos un par de minutos en el bosque cuando se detiene y me tira al suelo haciendo gala de su – atención: ironía – delicadeza, de nuevo.
Retrocedo, algo mareado y confuso. La adrenalina me embota los sentidos y no soy capaz de sentir miedo, aunque esté solo en un frondoso bosque delante de un loco que tiene ganas de arrancarme la cabeza.
El loco "delicado" en cuestión está jadeando como un toro, con los ojos enloquecidos – es decir, más, si cabe – y un semicírculo de sudor bajo el cuello de la camiseta.
– Tú – bufa –, ¿estás contenta ya?
¡Eh!
– Contento, si no te importa – corrijo.
Y, así, la impertinencia venció al sentido común. Qué chavalín tan magníficamente estúpido. Qué labia tan poco oportuna la suya.
Samson me mira con cara de "pero eres tonto, ¿o qué?".
– ¿Qué dices, Roxanne? ¿Te encuentras bien?
Enarco una ceja magníficamente. Oh, ya; se me olvidaba que hablo con un tarado... pero éste en concreto no me gusta un pelo...
Se acerca a mí y yo retrocedo. Alza las manos.
– No seas estúpida, Roxanne. Llevas con este juegecito desde que abrí el Victrola. Es hora de que acabe. Y gano yo.
La madre que lo parió – que debía de fumar de todo –. De entre todas las locuras del mundo, Señor, ¿tenía que tocarme enfrentarme a ésta?
– Pa-para un momento. No me llamo Roxanne, Samson. No soy quien tú crees.
Ríe.
– Oh, eso ya lo sé. Mientes más que hablas, bonita. Me pones enfermo.
Entonces, ¿va a matarme? Bien, ya era hora, coño.
– Sí, creo que deberías acabar con esto... – digo.
Asiente.
– Eso pienso hacer.
Se acerca más.
– Y, ¿qué va a ser? ¿Estrangulamiento, paliza mortal...? – increpo.
Ladea la cabeza.
– ¿De qué estás hablando?
Frunzo el ceño.
– ¿De qué estás hablando tú?
Me mira como si fuese obvio que soy estúpido o finjo serlo.
– ¡Déjate de estupideces y devuélveme mis veinte pavos!
Ah, no. Si por algo me caracterizo es por no saldar mis deudas.
– ¡¡Aparta, mamón!! – grito.
– ¡Te he dicho que lo dejes, Roxanne! Devuélveme...
No le doy tiempo a acabar; le atesto un puñetazo en la nariz y me aparto cuando cae.
– ¡Me llamo Jack! – le grito a su figura caída, al más puro estilo de Hollywood. Oigo gritos a lo lejos, así que supongo que los batas blancas vienen a por nosotros y echo a correr.

sábado, 13 de noviembre de 2010

Go to hell.


Esta maldita vida aburrida. Más me vale que caiga una maldita bomba en el maldito manicomio, sólo para darle un poco de emoción al asunto.
Si alguien por ahí piensa que vivir en un loquero es divertido, no sabe cuan equivocado está. Los locos son entretenidos cuando los miras un rato, pero luego empiezas a deprimirte, porque su locura no acaba, no tienen ni una pausa. Y eso es muy triste.
Así que desvías la mirada, y mientras imploras al cielo por una botella de whiskey y una cajetilla de cigarrillos tratas de olvidar lo locos que están todos - incluyéndote - y buscas algo más que hacer. Pero, claro, ¿qué? Porque no penséis que tenemos club de golf aquí dentro.
Esperas. Esperas, esperas, y esperas en silencio a que algo llegue, llame tu atención y te distraiga, por favor. Pero nada pasa. Oh, Dios, voy a morir aquí, y será de aburrimiento. ¿Cúanto tardaré? Mucho no, gracias. Y que sea leve.
Y entonces te das la vuelta y miras con cara de mala leche a todos los desdichados locos que te rodean, y deseas descargar tu furia contra algo, y lo que más cerca tienes es un cojín así que te dedicas a golpearlo hasta que te suplica que pares por toda la corte celestial, y ahí es cuando empiezas a darte cuenta que no es un cojín sino la abultada barriga de un demente.
Vaya, qué bajón de tensión.
Así que te das la vuelta, dejando al loco solo con su barrigón y buscas a alguien a quien provocar, sólo por diversión, porque tu vida es tan aburrida como la autobiografía de un empresario de párpados caídos y quieres romper el rumbo absurdo que han tomado las cosas.
Y allí está, el gigante de turno, descansando panza arriba sobre la hierba del patio como un cerdo satisfecho. Parece extremadamente feliz, en paz con el mundo. Yo no lo estoy, y por eso quiero que él tampoco lo esté.
Me acerco a él con las manos a la espalda, pensando en qué decir para enfadarle. En realidad, creo que me saldrá solo; es un talento natural.
– ¿Cómo estás, Bill?
Estupendamente, Macbeth, ¿y tú?
Tuerzo la boca; ¿para qué mentir?
– Ciertamente mal, Simon.
Levanta un párpado, luego una ceja.
– ¿Y eso?
Suelto un suspiro de lo más dramático, me dejo caer junto a él.
– Verás... tampoco quiero contarte mis problemas... pero hay algo que va realmente mal.
Se apoya sobre un codo para erguirse.
Cuéntame - dice.
Sacudo la cabeza, mientras mis cejas se curvan hacia arriba en un gesto lastimero.
– No, en serio, no quiero molestarte con mis estúpidos problemas...
– ¡Cuéntamelo, verás como te sientes mejor! Además, no me molestas.
Tuerzo la boca de nuevo, le evalúo con la mirada y suelto un suspiro de rendición.
– De acuerdo – Pausa dramática –. Yo... no sé cómo decirte esto. ¿Sabes qué animal es dos veces animal?
Niega con la cabeza.
– Tu hermana, porque es zorra y cobra.
No, no se me ocurre nada mejor.
Pero surte efecto; su cara se vuelve azul como el cielo, luego roja como un tomate, y finalmente morada como una berenjena. Suelta un rugido propio de un león africano y salta sobre mí más rápido de lo que había calculado, de manera que no me da tiempo a escapar.

domingo, 7 de noviembre de 2010

Free, free, free the beast.



– Hay un par de cosas de las que me gustaría hablar... verá, su ingreso en nuestro hospital fue algo... irregular.
¿Irregular? Fue un maldito secuestro.
– Lleva usted ciertos objetos encima de los que me gustaría hablar.
– Si te refieres a la ropa, no, no voy a hacerte ningún striptease privado.
Ladea la cabeza. Parece divertida.
– ¿Qué le hace pensar que quiero que lo haga?
– Ah, claro, perdón; olvidaba que eres un robot... – respondo.
– Lamento decepcionarle, Jack, pero no soy un robot.
Ladeo la cabeza.– ¿Estás segura?
Asiente. Me acomodo en la butaca de cuero marrón.
– Entonces te sientes atraída por mí. O una cosa, o la otra.
Sonríe. Lo cierto es que, a pesar de todo lo que la odio, y eso, tiene una cara incluso agradable cuando sonríe, no sé por qué se empeña en estar tan seria.
– De acuerdo – concede –, olvídelo; volvamos al tema.
Escogió mal las palabras, desde luego. No parece darse cuenta.
Cuán inocente.
– Lleva usted un anillo de hierro en la mano derecha – continúa, ajena a su propia torpeza verbal –. Quiero que me diga de dónde lo sacó y cuánto significa para usted.
Miro a mi mano. El anillo en cuestión es casi tan viejo como yo mismo – lo cual tampoco es demasiado –, y lleva conmigo desde mi infancia, exceptuando los lapsos que pasó perdido en alguna barra de bar o en la mano de una señorita. Es como un boomerang, sin embargo; siempre termino encontrándolo, aunque no lo busque, cuando lo pierdo.
– Lo saqué... de una cadena – Sonrío –. Ah, sí, ya me acuerdo. Qué tiempos.
– Me gustaría oír la anécdota.
Ladeo la cabeza de nuevo y doy vueltas al anillo en mi dedo. Hay mucha luz en la habitación, una luz blanca y mortecina, pero hace ya muchos años que este hierro no la refleja.
– Bueno, tenía... unos nueve u ocho años, y vivía en el lugar más deprimente del mundo. Era una ciudad fea y sucia, y siempre hacía un calor horroroso, lo cual aumentaba el olor a basura y a pis de gato.
Pausa dramática número uno. Tengo la atención de Summers por completo. Bueno, siempre tuve una habilidad especial para contar historias y atrapar a quien me oyese en ellas desde el comienzo.
– Tenía un vecino gordo y cabrón al que le gustaba presumir de sus múltiples cacharritos de inutilizar cerebros.
Frunce el ceño.
– ¿Te refieres a... videojuegos? – inquiere.
Asiento.
– El caso es que mis amigos y yo odiábamos a ese cretino de Archie y a sus videojuegos caros que nuestras familias no podían permitirse.
» Resulta que Archie tenía un enorme bulldog con muy malas pulgas que, si tomaba carne de cerdo, perdía la cabeza.
Pausa dramática número dos. Summers empieza a olerse el final de la historia, se ve en su cara, así que me dispongo a contarlo.
– Un día, uno de mis amigos le puso la zancadilla a Archie en el colegio, y éste se levantó hecho una furia y empezó a llamarle barriobajero, perro pobre asqueroso, hijo de la más grande (y no cantaora, precisamente). Así que nos dejamos caer por su casa antes de que él llegase y le dimos un filete de lomo de cerdo a su perro. Cuando él llegó en su porsche, soltamos al obeso chucho.
Río, no puedo evitarlo; el recuerdo sigue tan nítido como el día en que lo viví: la cara de sorpresa y terror de Archie, su grasa corporal bamboleándose hipnóticamente mientras corría.
– ¡Hay que ver cómo corría, el cabrón! Como un maldito demonio – No puedo evitar carcajearme –. Ese perro sí que era seboso... tardó lo suyo en morderle el trasero, y cuando lo hizo, apenas le hizo daño.
Summers lleva ya un rato en silencio. Le miro, volviendo al presente y veo que ella asiente lentamente. Parece sorprendida, pero sólo moderadamente. Supongo que, trabajando en un loquero, habrá oído cosas peores.
– Y... ¿el anillo? – pregunta.
Ah, eso.
– Oh, cuando... cuando rompimos la cadena del bulldog, me quedé con un eslabón, como recuerdo de aquella pequeña gamberrada. Lo golpeé con un martillo hasta que tomó forma redonda. Me quedaba enorme – Sonrío.