
Ah, la ciudad. Está tal y como la recordaba: gris, asquerosa, abarrotada de basura y con un penetrante olor a pis de gato – sí, sé distinguir el olor a pis de gato del humano. Es una habilidad que tengo desde hace mucho y de la que no estoy orgulloso en exceso –. Los mendigos siguen durmiendo en las esquinas, los carteristas siguen teniendo las manos muy largas, los vendedores siguen timándote hasta extremos insospechados...
Como decía: ¡ah!, la ciudad.
Camino medio corriendo por los barrios más bajos y deprimentes de esta ciudad asquerosa, sin detenerme a mirar atrás; trato de no llamar la atención, ni a mis perseguidores ni a nadie, aunque, con esta chaqueta color burdeos, y, en general, estos aires de estrella de rock – ¿por qué no? –, es difícil no hacerlo.
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