sábado, 13 de noviembre de 2010

Go to hell.


Esta maldita vida aburrida. Más me vale que caiga una maldita bomba en el maldito manicomio, sólo para darle un poco de emoción al asunto.
Si alguien por ahí piensa que vivir en un loquero es divertido, no sabe cuan equivocado está. Los locos son entretenidos cuando los miras un rato, pero luego empiezas a deprimirte, porque su locura no acaba, no tienen ni una pausa. Y eso es muy triste.
Así que desvías la mirada, y mientras imploras al cielo por una botella de whiskey y una cajetilla de cigarrillos tratas de olvidar lo locos que están todos - incluyéndote - y buscas algo más que hacer. Pero, claro, ¿qué? Porque no penséis que tenemos club de golf aquí dentro.
Esperas. Esperas, esperas, y esperas en silencio a que algo llegue, llame tu atención y te distraiga, por favor. Pero nada pasa. Oh, Dios, voy a morir aquí, y será de aburrimiento. ¿Cúanto tardaré? Mucho no, gracias. Y que sea leve.
Y entonces te das la vuelta y miras con cara de mala leche a todos los desdichados locos que te rodean, y deseas descargar tu furia contra algo, y lo que más cerca tienes es un cojín así que te dedicas a golpearlo hasta que te suplica que pares por toda la corte celestial, y ahí es cuando empiezas a darte cuenta que no es un cojín sino la abultada barriga de un demente.
Vaya, qué bajón de tensión.
Así que te das la vuelta, dejando al loco solo con su barrigón y buscas a alguien a quien provocar, sólo por diversión, porque tu vida es tan aburrida como la autobiografía de un empresario de párpados caídos y quieres romper el rumbo absurdo que han tomado las cosas.
Y allí está, el gigante de turno, descansando panza arriba sobre la hierba del patio como un cerdo satisfecho. Parece extremadamente feliz, en paz con el mundo. Yo no lo estoy, y por eso quiero que él tampoco lo esté.
Me acerco a él con las manos a la espalda, pensando en qué decir para enfadarle. En realidad, creo que me saldrá solo; es un talento natural.
– ¿Cómo estás, Bill?
Estupendamente, Macbeth, ¿y tú?
Tuerzo la boca; ¿para qué mentir?
– Ciertamente mal, Simon.
Levanta un párpado, luego una ceja.
– ¿Y eso?
Suelto un suspiro de lo más dramático, me dejo caer junto a él.
– Verás... tampoco quiero contarte mis problemas... pero hay algo que va realmente mal.
Se apoya sobre un codo para erguirse.
Cuéntame - dice.
Sacudo la cabeza, mientras mis cejas se curvan hacia arriba en un gesto lastimero.
– No, en serio, no quiero molestarte con mis estúpidos problemas...
– ¡Cuéntamelo, verás como te sientes mejor! Además, no me molestas.
Tuerzo la boca de nuevo, le evalúo con la mirada y suelto un suspiro de rendición.
– De acuerdo – Pausa dramática –. Yo... no sé cómo decirte esto. ¿Sabes qué animal es dos veces animal?
Niega con la cabeza.
– Tu hermana, porque es zorra y cobra.
No, no se me ocurre nada mejor.
Pero surte efecto; su cara se vuelve azul como el cielo, luego roja como un tomate, y finalmente morada como una berenjena. Suelta un rugido propio de un león africano y salta sobre mí más rápido de lo que había calculado, de manera que no me da tiempo a escapar.

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