miércoles, 14 de diciembre de 2011

When you're strange



Cuando era libre miraba a la gente con desprecio. Solía sentarme en algún escalón frente a la puerta de una casa, en la calle, para mirarles pasar. Mi familia, aparte de una grandísima mierda, había sido pobre como las ratas, así que miraba con especial asco a las personas que iban bien vestiditas, arrebujadas en sus abrigos caros en invierno, luciendo sus borsalinos de Jason Mraz - fingiendo ser hippies, o indies, no lo sé - en verano. Daba igual la época del año que fuese; yo siempre llevaba mis vaqueros, mis botas y mi camisa de cuadros.

Cuando empecé a tocar música con mi grupo, la cosa cambió un poco; después de algunos conciertos gratuitos que hicimos porque nos dio la gana, comenzamos a ganar dinero. Sin embargo, cuando me sentaba en aquellos escalones, seguía viendo el mundo igual; gente vacía, sin mundo interior, que iba de un lado para otro gastando su dinero en cosas, cosas y más cosas. Yo no necesitaba más cosas que mi guitarra y un par de mudas de ropa interior. Y mi harmónica, por supuesto. Por lo demás, era totalmente libre; libre de los objetos que podrían atarme a algún lugar, a alguna costumbre, a cualquier cosa.

Recuerdo bien la última vez que me senté en uno de esos escalones. Era invierno y me estaba helando el culo, pero me daba igual, porque aquel pasatiempo me entretenía. Estaba con mi mejor amigo, pero no hablábamos más que para pedirnos otro cigarrillo, un mechero, o un sorbo de petaca. Así funcionaba nuestra amistad la mayoría de las veces. Fue el mejor amigo que tuve nunca.

Recuerdo que cuando él por fin habló ya era tarde, y teníamos que marcharnos a dar un concierto con los demás miembros del grupo. Yo estaba cansado, pero no me importaba tener que trabajar; no consideraba a tocar música "trabajo". Lo consideraba necesario como alimentarme.

Iba a decirle a mi amigo que teníamos que marcharnos, cuando él alzó la voz.

- Ojalá el mundo acabase esta noche.

Le miré. Sabía que él era muy pesimista, que odiaba a la humanidad casi tanto como yo, y que había bebido casi la mitad de mi petaca de whiskey, pero, aún así, su comentario me desconcertó.

- ¿Por qué dices eso? - pregunté.

- Porque, entonces, toda esta gente dspertaría de su mundo de colores, ilusión y papel de celofán, y, por fin, se darían cuenta...

Se detuvo, con los brazos en alto, como intentando abarcar el mundo entero. Enarqué una ceja.

- ¿Se darían cuenta de qué?

Él bajó los brazos, despacio. Alzó la cabeza hacia mí y me miró, sonriendo.

- No lo sé. Supongo que también yo tendré que despertar.

jueves, 2 de junio de 2011

Mustang Sally




Comprendan mi desgracia, por favor; he dormido unas dos horas, no puedo salir a la calle, no me dejan tomar café y ahora tengo que aguantar un sermón/interrogatorio de una señora que habla, actúa y se viste como un robot – en un hipotético mundo en el que los robots actúen, hablen y se vistan –.
Entra el robot y mi desdicha crece; que alguien me arranque los ojos, lo suplico.
– ¡Oh, por Dios, Kate, no, esa blusa no! – exclamo, mis ojos sangrando metafóricamente.
– ¿Qué tiene de malo? – dice ella, bajando la mirada con el ceño fruncido. Me está cogiendo confianza, por eso su rostro empieza a mostrar expresiones, pero a ella no le duele mirar la blusa, lo que demuestra su condición robótica.
– Es simplemente horrorosa; un feto hecho blusa. Y esa falda, guárdala para una ocasión en la que todos a tu alrededor sean ciegos y estén borrachos. Como una cuba, quiero decir, no sólo achispados, ya me entiendes.
Frunce los morros. Caramba, cuán expresiva está hoy.

martes, 12 de abril de 2011

Mine is a wandering mind


– Bueno, háblame de ti
– dice entonces ella.
Ya estamos. Ni que fuese tan interesan... ah. Ya.
– ¿Qué quieres saber? – pregunto, con desinterés.
– Todo lo que me quieras contar.
Suspiro. Echémosle teatro.
– Pues... soy escorpio, me gusta dar paseos por la playa, los bombones, los claveles, las películas de Hugh Grant... Se ríe.
– Sé sincero, anda; no te hará daño.
...
– Odio a Hugh Grant.
Ríe de nuevo.
– Bien, y ¿a quién más odias?
– Pues... a bastante gente. A Hugh Laurie, a Hugh Jackman... a toda clase de "Hughs".
– Y, ¿a quién no odias?
– Me he quedado en blanco.
Es que esta era una pregunta difícil...

martes, 15 de marzo de 2011

Hit the road, Jack


- Si tan cansada estás de la vida, únete al club de "Los Poetas Suicidas Muertos". Montamos unas fiestas geniales.
Alza la mirada hacia mí, una ceja enarcada. Eh, eso no vale; enarcar cejas es una de mis especialidades, y tengo muy pocas, así que, ¡a levantar la ceja sea dicho!
Ella no ha seguido mi reflexión interna, así que me mira con extrañeza, pero finalmente se encoge de hombros como diciendo: "Bueno, se supone que está loco".
- Efectivamente - asiento.
Pero ella no ha seguido ni su propia reflexión, así que se me queda mirando como quien mira una obra de arte inexplicable - sí, señoras; soy hermoso -.
- ¿Qué? - espeto.
- Nada - responde -. Sólo estaba pensando.
- Pensar no es bueno.
Ladea la cabeza.
- ¿Es ésa tu filosofía de vida?
- No, mi filosofía es algo así como "¡somos una secta! ¡Suicidémonos!".

viernes, 25 de febrero de 2011

TAOS



Despertar después de haber dormido drogado no es agradable. En mi cerebro en particular, produce un pinchazo permanente y una sensación de mareo que no se despega de mí en ningún momento cuando me levanto y camino dando tumbos al despacho de Summers, con el consecuente estado de mala leche. Una enfermera que tiene en la cara un lunar prominente me ofrece apoyo al caminar, pero la rechazo con sequedad; dudo que hoy pueda aguantar las ganas de arrancar el bulto y despejar así las náuseas que provoca en mí su contemplación.

Summers me recibe con cara de haber chupado un limón después de pasar una noche en vela tras darle calabazas un tío por haberse vuelto gay. Tiene un mal día. Ajá, ya sé.

– Así que la tercera semana del mes, ¿eh? – pregunto, mirando el calendario. Caramba, ¿ya estamos a noviembre? Cuán triste – Tomo nota.

Ella frunce el ceño.

– ¿A qué te refieres?

– Ya sabes; te has puesto mala, te ha visitado doña Inés, son esos días del mes, te has convertido en la mujer de rojo

Summers enarca una ceja.

– Jack, ¿me estás preguntando si me ha bajado la menstruación?

– Lo estoy afirmando. He estado casado, sé cómo os ponéis. Y, ¿desde cuándo me tuteas?

– Tú me tuteas desde el primer día.

– Yo estoy loco. Vaya, ¿te has unido a mi causa? Me alegra, rubita.

Summers sacude la cabeza.


miércoles, 26 de enero de 2011

She was always asking "where's the nearest bar?"



– Todo me iba bien en la vida hasta que conocí a Kellan Barnes. Él era un... niño malo, ya sabes, de esos que llevan cazadoras de cuero y que tu madre te prohíbe ir en sus motos – Sonríe. Yo no; ¿qué mierda de historia es ésta? Me suena de algo –. Pero me conquistó, así que me fugué con él.

Oh, no por favor. Otro “Romeo y Julieta moderno”, no.

– Fue algo así como una… aventura, al principio. Pero no podía durar; no teníamos mucho dinero, y de algo había que vivir. Así que tuve que buscar un trabajo con el que apenas ganaba dinero y me deprimía.

Mierda, en la que me he metido. Si al menos tuviese palomitas…

Palomitas… Dios, qué hambre; esto de hacer huelga anti-sistema es más chungo de lo que pensaba.

– Él empezó a perder el interés por mí. Empezó a sentir preferencia por las… culturistas, con las que trabajaba en un gimnasio cutre y sucio. Me di cuenta de que iba a abandonarme, y yo no tenía ningún lugar adonde ir; mi familia no quería saber nada de mí y mis amigos me despreciaban desde que abandoné la élite.

Buf, menudo drama. A la altura de “Moulin Rouge”.

– Así que me apunté a un gimnasio aún más barato y cutre y me puse a dieta… Pero ni aún así.

– Zora, parece que te cueste hablar de esto, así que mejor lo dejamos…

– Un día estaba cortando tomates, soportando sus estupideces… y él se cayó sobre mi cuchillo. Diez veces.

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– Fue un desafortunado accidente, una tragedia. Aunque sólo lo fue para mí y para él, ya que nadie más en el mundo le quería.

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– Es peligroso, eso de los cuchillos; nunca se sabe cuándo te vas a caer sobre uno, ni cuántas veces caerás.

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– Jack, te veo pálido, ¿te encuentras bien?

Tengo miedo.

– S-sí.

– ¿Quieres algo, un vaso de agua…? – Coge su cuchara y su gelatina y me las tiende – Toma, te sentará bien.

Me aparto con rapidez.

– No, no, gracias.

A saber qué sería capaz de hacer con una cuchara esta mujer.