
Entra el robot y mi desdicha crece; que alguien me arranque los ojos, lo suplico.
– ¡Oh, por Dios, Kate, no, esa blusa no! – exclamo, mis ojos sangrando metafóricamente.
– ¿Qué tiene de malo? – dice ella, bajando la mirada con el ceño fruncido. Me está cogiendo confianza, por eso su rostro empieza a mostrar expresiones, pero a ella no le duele mirar la blusa, lo que demuestra su condición robótica.
– Es simplemente horrorosa; un feto hecho blusa. Y esa falda, guárdala para una ocasión en la que todos a tu alrededor sean ciegos y estén borrachos. Como una cuba, quiero decir, no sólo achispados, ya me entiendes.
Frunce los morros. Caramba, cuán expresiva está hoy.