domingo, 7 de noviembre de 2010

Free, free, free the beast.



– Hay un par de cosas de las que me gustaría hablar... verá, su ingreso en nuestro hospital fue algo... irregular.
¿Irregular? Fue un maldito secuestro.
– Lleva usted ciertos objetos encima de los que me gustaría hablar.
– Si te refieres a la ropa, no, no voy a hacerte ningún striptease privado.
Ladea la cabeza. Parece divertida.
– ¿Qué le hace pensar que quiero que lo haga?
– Ah, claro, perdón; olvidaba que eres un robot... – respondo.
– Lamento decepcionarle, Jack, pero no soy un robot.
Ladeo la cabeza.– ¿Estás segura?
Asiente. Me acomodo en la butaca de cuero marrón.
– Entonces te sientes atraída por mí. O una cosa, o la otra.
Sonríe. Lo cierto es que, a pesar de todo lo que la odio, y eso, tiene una cara incluso agradable cuando sonríe, no sé por qué se empeña en estar tan seria.
– De acuerdo – concede –, olvídelo; volvamos al tema.
Escogió mal las palabras, desde luego. No parece darse cuenta.
Cuán inocente.
– Lleva usted un anillo de hierro en la mano derecha – continúa, ajena a su propia torpeza verbal –. Quiero que me diga de dónde lo sacó y cuánto significa para usted.
Miro a mi mano. El anillo en cuestión es casi tan viejo como yo mismo – lo cual tampoco es demasiado –, y lleva conmigo desde mi infancia, exceptuando los lapsos que pasó perdido en alguna barra de bar o en la mano de una señorita. Es como un boomerang, sin embargo; siempre termino encontrándolo, aunque no lo busque, cuando lo pierdo.
– Lo saqué... de una cadena – Sonrío –. Ah, sí, ya me acuerdo. Qué tiempos.
– Me gustaría oír la anécdota.
Ladeo la cabeza de nuevo y doy vueltas al anillo en mi dedo. Hay mucha luz en la habitación, una luz blanca y mortecina, pero hace ya muchos años que este hierro no la refleja.
– Bueno, tenía... unos nueve u ocho años, y vivía en el lugar más deprimente del mundo. Era una ciudad fea y sucia, y siempre hacía un calor horroroso, lo cual aumentaba el olor a basura y a pis de gato.
Pausa dramática número uno. Tengo la atención de Summers por completo. Bueno, siempre tuve una habilidad especial para contar historias y atrapar a quien me oyese en ellas desde el comienzo.
– Tenía un vecino gordo y cabrón al que le gustaba presumir de sus múltiples cacharritos de inutilizar cerebros.
Frunce el ceño.
– ¿Te refieres a... videojuegos? – inquiere.
Asiento.
– El caso es que mis amigos y yo odiábamos a ese cretino de Archie y a sus videojuegos caros que nuestras familias no podían permitirse.
» Resulta que Archie tenía un enorme bulldog con muy malas pulgas que, si tomaba carne de cerdo, perdía la cabeza.
Pausa dramática número dos. Summers empieza a olerse el final de la historia, se ve en su cara, así que me dispongo a contarlo.
– Un día, uno de mis amigos le puso la zancadilla a Archie en el colegio, y éste se levantó hecho una furia y empezó a llamarle barriobajero, perro pobre asqueroso, hijo de la más grande (y no cantaora, precisamente). Así que nos dejamos caer por su casa antes de que él llegase y le dimos un filete de lomo de cerdo a su perro. Cuando él llegó en su porsche, soltamos al obeso chucho.
Río, no puedo evitarlo; el recuerdo sigue tan nítido como el día en que lo viví: la cara de sorpresa y terror de Archie, su grasa corporal bamboleándose hipnóticamente mientras corría.
– ¡Hay que ver cómo corría, el cabrón! Como un maldito demonio – No puedo evitar carcajearme –. Ese perro sí que era seboso... tardó lo suyo en morderle el trasero, y cuando lo hizo, apenas le hizo daño.
Summers lleva ya un rato en silencio. Le miro, volviendo al presente y veo que ella asiente lentamente. Parece sorprendida, pero sólo moderadamente. Supongo que, trabajando en un loquero, habrá oído cosas peores.
– Y... ¿el anillo? – pregunta.
Ah, eso.
– Oh, cuando... cuando rompimos la cadena del bulldog, me quedé con un eslabón, como recuerdo de aquella pequeña gamberrada. Lo golpeé con un martillo hasta que tomó forma redonda. Me quedaba enorme – Sonrío.

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