Llegué y hablamos, hablamos durante horas y horas. Al principio sólo eran manos entrelazándose, jugando a explorar los límites de su confianza. Era agradable, agradable como un camino que parece no llegar a ninguna parte ni tener fin; como el cielo limpio y azul del verano, su continuidad sólo interrumpida por el sol de nuestras palabras.
Y entonces descubrimos que no había un límite y nos perdimos en nuestra burbuja de cielo azul, y así estuvimos tal vez horas, tal vez días, tal vez segundos, enredados, hasta que el anochecer de la cordura irrumpió y nos amargó de nuevo la vida preguntándonos: "¿qué demonios estáis haciendo?".
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